El calendario turístico 2026 ha traído consigo una certeza que trasciende el entusiasmo estacional: el crecimiento del sector en Tucumán ha dejado de ser una racha afortunada para consolidarse como una tendencia estructural. Los recientes feriados de carnaval no sólo llenaron hoteles según datos oficiales, sino que funcionaron como un termómetro preciso de una provincia que ha sabido diversificar su oferta y fortalecer su infraestructura para competir en las grandes ligas del turismo nacional.

Las cifras del pasado fin de semana son, por definición, elocuentes. Con picos de ocupación que rozaron el 99% en destinos como San Javier y El Cadillal, Tucumán demostró que la inversión en las villas veraniegas cercanas a la Capital ha dado sus frutos. El turista actual busca proximidad, servicios de calidad y entornos naturales cuidados, una combinación que estos puntos estratégicos han logrado aceitar para convertirse en opciones aceptadas.

Este fenómeno de afluencia masiva, que también mantuvo a Tafí del Valle con un sólido 88% de ocupación, encuentra una de sus explicaciones fundamentales en la revolución de la conectividad aérea. El Aeropuerto Internacional Benjamín Matienzo ha dejado de ser un mero punto de tránsito para transformarse en una verdadera herramienta de desarrollo. El incremento de frecuencias y la apuesta de aerolíneas son señales de una confianza de mercado que valida el potencial de nuestra provincia como destino final.

En este escenario, es imperativo entender que la conectividad no es un dato técnico aislado, sino el puente necesario hacia el progreso. Más vuelos se traducen directamente en un flujo constante que dinamiza el ocio, el turismo de convenciones, eventos deportivos y actividades culturales. Por su ubicación geográfica privilegiada, Tucumán tiene hoy la oportunidad histórica de consolidarse como la gran puerta de entrada al Norte Grande, articulando circuitos integrados con las provincias vecinas.

En términos económicos, el impacto ha sido contundente: con un gasto promedio diario por persona estimado en $83.000 , el turismo ha demostrado ser un motor de riego que llega a todos los estratos. Desde la hotelería de alta gama hasta el pequeño artesano en las ferias de los valles, el dinero del visitante irriga la gastronomía y el transporte local, funcionando como un alivio necesario en un contexto macroeconómico nacional que sigue siendo complejo.

La agenda cultural, por su parte, sigue siendo la ventaja comparativa más potente. Lo vivido en Amaicha del Valle con la Fiesta Nacional de la Pachamama o el despliegue multitudinario de los Corsos de Aguilares, con más de 30.000 personas por noche, refleja una identidad que el turista valora por su autenticidad. Tucumán ofrece una mística que combina el rito ancestral con la alegría popular, un activo que ninguna campaña de marketing puede inventar desde cero.

La diversidad de la propuesta tucumana permitió este año captar perfiles sumamente variados. Mientras los amantes del deporte se concentraban en El Mollar para el Campeonato Argentino de Vela en Altura, los buscadores de romanticismo encontraban su lugar en Famaillá o en Yerba Buena. Esa capacidad de segmentar la oferta es lo que permite que la provincia mantenga niveles de actividad aceptables, incluso cuando los distintos destinos compiten por la atención del viajero.

Mirando hacia el futuro, la tarea pendiente es la profesionalización constante. Para que el beneficio económico se distribuya de manera equitativa en todo el territorio provincial, es necesario que la capacitación llegue a cada rincón y que la promoción inteligente ayude a equilibrar las brechas entre la temporada alta y la baja. El éxito del pasado carnaval debe ser el piso, y no el techo, de una ambición mayor por convertir al turismo en una real política de Estado.